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viernes, 16 de septiembre de 2011

La contravida (Philip Roth)



Nuevamente el alter ego de Philip Roth, el novelista Nathan Zuckermann sale a la luz, y como una bestia hambrienta se sumerge entre las miríadas de personas que conforman su universo, aquél mundo de afuera que él prefiere interpretar de diferentes maneras. Desde el comienzo, el autor se confiesa un farsante. A través de él, conoceremos sus múltiples máscaras que utiliza para extraviarse, y con él, extraviarnos nosotros mismos, porque Roth no es un autor que haga concesiones al lector. Así, descubriremos, a lo largo de los cinco capítulos, lo que es IMPORTANTE: la vida de un judío exitoso que folla con shiksas en un suburbio rico de New Jersey poblado por gentiles; la grey de rebeldes judíos en Cisjordania rodeados de legiones árabes; el escritor que en su edad madura desea para sí una vida pastoril, una mujer y un hijo, como el relato de Tolstoi “Felicidad conyugal”, salvo por el origen judío del protagonista y la muy civilizada y antisemita familia aristocrática de su mujer inglesa.

Esta vasta compañía estable de actores a los que puede recurrir cada vez que necesita un yo, su habilidad de ventrílocuo que lo hace detestable para algunos idealistas, y/o autoproclamados autores auténticos, es la gran virtud del autor de “El mal de Portnoy”, puede ser incluso la razón de su talento, y el por qué, muchos lo citan como una veta creativa de donde pueden salir diez o diez mil hombres, como decía Carlyle del genio.

En Philip Roth, encontramos pues esa fe intacta, que sólo comparten los elegidos, aquellos para los cuáles la creación literaria es lo más parecido a la vida, y que se resume en la cita famosa del poeta Wallace Stevens:  “La exquisita verdad es saber que ello es una ficción y que tú crees en ello deliberadamente”. (Miguel Ramírez)

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