La lectura de este libro ya
cuando uno pasa los treinta años tiene una dimensión distinta de cuando se hace
en la adolescencia porque permite apreciar al personaje sin los apasionamientos
en los que uno caería si es que comparte la serie de reclamos que su personaje
principal hace. Holden Caufield, de 17 años, es expulsado de su escuela por
malas calificaciones y hace un viaje de regreso a su hogar en el que no saben
aún de su separación. Aprovecha el dinero ahorrado para vivir unos días de
falsa adultez antes de llegar a su casa.
La historia es muy conocida, así
que me limitaré a mencionar el carácter de sus observaciones, y en estas se
aprecia una reiterada lástima hacia quienes describe: el viejo profesor de
historia, de su compañero de cuarto, del par de mujeres treintonas que buscan
encontrar a algún actor de cine en un bar, a la amiga a la que la invita al
teatro, en fin. Sus observaciones parten
del hartazgo, de no querer ser lo que esperan que sea, un sentimiento
eminentemente adolescente del que es muy lúcido pues se resiste a ser integrado
al sistema que tanto desprecia, porque en esa pena que siente por los
individuos que le rodean, expresa la idea de que el resto son seres humanos
echados a perder. En un pasaje le propone a su amiga Sally irse de viaje para
ir a Massachusetts y a Vermont, vivir en una cabaña hasta que se le acabe su
dinero y luego iría a buscar un trabajo, ante eso la muchacha le dice que mejor
sería hacerlo una vez que salgan de la universidad. Holden deprimido, le
responde que luego todo será diferente:
“He dicho que no, que no habrá sitios maravillosos donde podamos ir una
vez que salgamos de la universidad. Y a ver si me oyes. Entonces todo será
distinto. Tendremos que bajar en el ascensor rodeados de maletas y de trastos,
tendremos que telefonear a medio mundo para despedirnos, y mandarles postales
desde cada hotel donde estemos. Y yo estaré trabajando en una oficina ganado un
montón de pasta. Iré a mi despacho en taxi o en el autobús de Madison Avenue, y
me pasaré el día entero leyendo el periódico, y jugando el bridge, y yendo al
cine, y viendo un montón de noticiarios estúpidos y documentales y trailers.
¡Esos noticiarios del cine! ¡Dios mío! Siempre sacando carreras de caballos, y
una tía muy elegante rompiendo una botella de champán en el casco de un barco,
y un chimpancé con pantalón corto montando en bicicleta. No será lo mismo…”
En la incomprensión se refleja la
esperanza de ser un individuo de acuerdo a sus expectativas pero que sin
embargo el vivir dentro de su sociedad le hace imposible serlo; desea enmudecer,
apartarse, no tener necesidad de decir nada ni necesitar a nadie porque sabe
que en eso está el inicio de ser lo que tanto detesta, un adulto y anhela quizás ser aquél que evita que los seres
humanos -en su niñez- no caigan al abismo que representa la adultez. En una
conversación con su hermana pequeña, Phoebe, ella le pregunta con insistencia sobre
lo que desearía ser en la vida, y Holden medita parafraseando un poema del romántico
Robert Burns, diciéndole que él imagina a miles de niños que juegan entre el
centeno y él se encuentra al borde del precipicio y su labor sería evitar que
ellos se caigan.
Salinger hace eso con este libro,
es un guardián que nos avisa de los riesgos de la adultez visto con los ojos de
un adolescente, uno que pudimos ser. Aquél que ve la vida como posibilidad y no
como resignación. Al final del texto asumimos lo inevitable, Holden lleva sus
cuestionamientos a otro nivel, siendo consciente que la vida adolescente ahora
la ve con melancolía.

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